Rodrigo Araiza P. / @RHashtag
“De donde soy y trabajo, Culiacán, Sinaloa: todos los caminos conducen al narco”, sentencia Javier Valdez Cárdenas, corresponsal de La Jornada y fundador del semanario Ríodoce; mientras que el también periodista y ganador del Premio Nacional de Periodismo, Humberto Padgett, afirma que escribir de la violencia en México “es el diagnóstico que permite al médico avanzar en un tratamiento” y del cual “no sólo se trata de describir la herida, sino cómo fue ocasionada”; y en el caso de Alejandro Almazán, Premio Gabriel García Márquez, confiesa que relatar sobre narcotráfico “tiene que ver con el mundo que me ha rodeado, entre mi barrio El Arenal y Culiacán, siento como que es una obligación moral contar la violencia y tratar de entender lo que pasaba en mi barrio, por qué no me volví un hijo de la chingada como mis compas y no me atreví a robar, secuestrar, a vender droga o a desvalijar autos, cosas cotidianas en mi barrio”. Así, de este modo, los tres periodistas presentan a Hashtag sus modos de vida, experiencias en el oficio y formas de reporteo durante sus investigaciones en la fuente de narcotráfico.
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(11 de marzo, 2014).- Cifras del Comité para la Protección de Periodistas señalan que de 2010 a la fecha, 31 periodistas han sido asesinados en territorio mexicano. Secuestrados, desaparecidos y silenciados con la muerte. Pero si el estado mexicano no ofrece las garantías necesarias para ejercer el periodismo en un contexto donde los trabajadores de la información son blancos de armas de fuego y amenazas de muerte, entonces ¿por qué dedicarse a una actividad tan riesgosa? Todo se reduce a una sola palabra: compromiso.
Javier Valdez cuenta: “Sé que en ocasiones hay que guardar información y posponerla para tiempos mejores porque de lo contrario sería exponerme a ser amenazado, perseguido, asesinado; pero es preferible publicar esa pequeña parcela del infierno a quedarme callado, más que una decisión personal, es hacer mi trabajo, cumplir el oficio con pasión, convicción y dignidad”.
El compromiso es sinónimo de honestidad, dice Padgett, al momento de escribir, atender la inteligencia del lector y estar siempre en condiciones de ponerse en sus zapatos. “Trato de identificar a los personajes que me encuentro durante el trabajo periodístico con los lectores, para que vean que al final que lo que ocurre en la vida de un secuestrador, además de secuestrar, no es tan diferente a lo que ocurre con su vida o lo que vive la madre de una niña asesinada tampoco es algo ajeno”, acota en entrevista con Hashtag.
La idea romántica de que el periodista puede cambiar su realidad a través de sus palabras aún prevalece, y Almazán lo sabe, sin embargo está consciente que “el poder es cada vez más indolente y los textos que puedas sacar, de pronto no importan”. Pero también, sabe que “uno de los defectos o virtudes que tiene el reportero es ser terco y vale madre para hacer otros textos (…) al final el periodismo sí sirve para algo, no sé para qué pero al menos para que no te vuelvas loco de todo lo que llegas a ver”, externa el autor de Chicas Kaláshnikov y otras crónicas.
La objetividad y la verdad siempre han formado parte de la eterna búsqueda de los comunicadores, no obstante, muchos saben que el precio que hay que pagar es elevado y los resultados siempre serán los mismos: no hay tales. A pesar de esto, el compromiso de un periodista que arriesga su propia vida aporta veracidad a su labor, misma que quizás no tenga recompensa alguna, pero su satisfacción de informar es mayor que cualquier moneda.
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“Yo confío mucho en el miedo, es como mi mejor amigo”, se confiesa Almazán. Y como no hacerlo si contantemente estás expuesto a perder tu vida, si frecuentemente ves cómo otros la pierden, tanto escribes de la muerte que su autógrafo por poco aparece en tu libro de vida. “El miedo te va diciendo que hagas y que no hacer, yo siempre le hago caso, nunca le llevo la contraria”, acota Alejandro.
Y es que si en México la garantía de seguridad fuera cumplida al pie de la letra, un periodista no tendría por qué angustiarse si a un capo o político no le cayó en gracia lo que se escribió de él. No tendría por qué ocultarse y ser víctima de la paranoia después de una amenaza de muerte. “En una amenaza al final no sabes quién te está amenazando y estás viviendo bajo un miedo fantasmal”, comenta Almazán quien además, revela sentirse un tanto más seguro en la ciudad de México que en Culiacán, “si yo viviera en Culiacán, seguramente no cubriría narcotráfico sino deportes o espectáculos o me dedicaría a vender tacos de camarón empanizado, no estoy bajo las condiciones de los reporteros de los estados quienes finalmente se la están rifando en la línea de fuego”.
Y de Culiacán es Javier Valdez, quien no tiene empacho en decir que le teme a la muerte pues afirma que vive en una ciudad muy violenta, considerada la cuna del narco donde la convivencia con narcotraficantes y sicarios es inevitable, “son los papás de los compañeros de escuela de tus hijos, el pariente, el dueño del negocio a donde llevas a arreglar tu auto”.
El riesgo de salir a las calles y reportear un fenómeno desafortunadamente tan vasto como el narcotráfico es sumamente alto, tanto que no sabes si regresarás por tu propio pie, dentro de un ataúd o sin paradero alguno. En 2009 fueron lanzadas granadas de fragmentación a la redacción de Río Doce, que aunque sólo provocaron daños materiales, la amenaza permanente “nos obliga a no pasarnos de la raya”, asegura Javier.
En algunas situaciones, asegura Padgett, el riesgo tiene maneras de ser tratado. “Yo no escribo de ningún tema de crimen organizado por invitación de alguna autoridad del tipo que sea ni por ningún narcotraficante. Trato de tener mis propios temas y a partir de ellos es que hago el reporteo y la investigación, algunas ocasiones en terreno, otras documentos”.
Agrega: “Otro aspecto es, no por un asunto ético, aunque sí lo está implícito, sino más práctico, no se puede aceptar dinero, aceptarlo te hace y te pone en riesgo de incumplir y en riesgo de que el grupo contrario se entere de que estás escribiendo a favor de alguien o en contra suyo pero por encargo”.
Padgett, además, platica a Hashtag sobre la importancia de implementar protocolos básicos de seguridad y de sentido común, tales como saber “en qué momento alejarte de un personaje, en qué momento entrar a una situación”, pues ellos será lo que marcará la “diferencia”.
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La pluma del periodista relatando la violencia imperante en México es fácil para el reportero sensacionalista y amarillista, pues uno de los principales ingredientes del morbo está presente: un hecho violento. Pero para alguien con principios éticos y morales, la labor de informar es algo serio.
En su labor periodística, Padgett dota de mayor importancia a los detalles y el curso de la historia más que el hecho violento. “El propósito periodístico más literal es hablar de los cómos, es establecer a los personajes con sus peculiaridades. El crimen organizado y lo que estamos viviendo en términos literarios aporta personajes muy bien delimitados y potentes, ese es uno de los aspectos atractivos”, comenta el autor de Jauría.
Por otro lado, en su más reciente libro titulado Con una granada en la boca, Javier Valdez narra historias que giran alrededor de la narcoviolencia, en éste da voz a sus protagonistas y brinda un amplio panorama de la situación desenvuelta en Culiacán.
“Creo que ya era momento de que yo asumiera este reto, que ellos contaran su versión, estamos hablando de historias que van de lo chusco, lo absurdo hasta el dolor, la tristeza, la desolación. Si yo no recurro a estas voces, no podría escribir estas historias”, expresa Javier.
A través de su experiencia periodística, el culiacanense ha descubierto que “el narcotráfico en el país no es un fenómeno de policías y ladrones, es un asunto cotidiano, una forma de vida, que mejor que un tratamiento humano frente a la tragedia porque eso puede sensibilizarnos a todos ante la violencia del gobierno y del crimen organizado”.
En tanto, el recién galardonado, Almazán, ha compartido con los lectores decenas de historias cuyos protagonistas, aunque parecieran personajes de ficción, son tan reales como nuestros vecinos. “Generalmente en ese tipo de historias te encuentras personajes folclóricos, que algunos parecieran que no existen pero ahí están y no sólo te quedas con el personaje, sino también su historia y a través de su historia tratas de explicar lo que pasó, por qué a ese personaje lo llevó a ser dealer, sicario, o las propias víctimas, por qué están ahí.”, explica.
El quehacer periodístico de aquellos cuyas coberturas versan alrededor del narcotráfico y sus derivaciones, pueden llegar a convertirse en una verdadera odisea. Los riesgos que implica reportear la fuente son similares o incluso iguales a los de estar presente en una zona de guerra. Y es un hecho que en México, además de la población marginada, la pobreza y la falta de empleos, los periodistas están al final de la lista de “cosas sin importancia” para los gobernantes.
Para los periodistas, sin embargo, también existen ilusiones, sueños o deseos. En resumidas cuentas: también son humanos, y no máquinas reproduciendo objetividad sin sentimientos, pues “para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos”, como escribió el periodista Kapuscinski.
Javier Valdez reflexiona: “Sueño con algún día no escribir del narco porque ya no existe más, tengo esperanzas de que eso llegue, me gustaría mucho no tener motivos para contar más éstas historias y poder escribir de nuestros héroes anónimos, la gente que todos los días está luchando por salir adelante, hacer historias de niños y jóvenes, de la vida cívica, los artistas; me encantaría mucho que dejaran de darme material”.


