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El día que Elvira Arellano regresó a México [Parte 1]

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Francisco Mendoza/enviado de Porvenir Latino

(15 de marzo, 2014).- A propósito de Elvira Arellano, el ahora presidente de la editorial La Educación, Francisco Mendoza, entonces director del periódico comunitario Porvenir Latino –que circulaba en el sureste angelino- estuvo con ella sus últimos días en Los Angeles, donde fue detenida por agentes de inmigración y luego deportada a Tijuana. Ella le permitió cercanía y con base en el entorno y esas vivencias, Mendoza preparó el siguiente reportaje que escribió el 21 de agosto del 2007:

Fueron 10 años de estancia de Elvira Carrillo en Estados Unidos y materialmente ahora sólo posee diez kilos de ropa en una maleta Spalding, que aún conserva la etiqueta del precio: 20 dólares. Ingresó a ese país entre las sombras que refugian a los indocumentados y fue deportada con los reflectores del mundo como símbolo de la resistencia de ellos. Llegó soltera y salió como madre soltera, con un hijo, Saúl, a quien las circunstancias lo convierten en una celebridad por ser el activista más pequeño en aras de una causa enorme: llevar la seguridad a los  600 mil padres indocumentados, atribulados por la amenaza de la deportación, quienes tienen al menos cuatro millones de hijos nacidos en “el norte”.

Elvira Arellano

Y de pronto Elvira vio cambiados sus planes de manera drástica por el arresto y la deportación el domingo en la noche. Quería recorrer puntos clave de Estados Unidos para enviar el mensaje de unidad, de lucha y de movilización a favor de una reforma migratoria, pero terminó en la negritud de la medianoche en una Tijuana donde no conocía a nadie. La solidaridad de los miembros de su causa la cobijó y le dio posada. Vivió el dolor de la incertidumbre pero también la felicidad de la libertad dentro de su país.

Está resignada. Sabe que esta es su realidad ineludible. Ni exagerado alarmismo pero tampoco una claudicación : “ Simplemente paso lo que tenia que pasar”, afirma, ecuánime. Sabía que podría ser detenida en cualquier momento.

Elvira lloró en su nueva morada, pero, aclara, “son lágrimas de sentimiento porque pienso en mi hijo Saúl”. Y agrega que ha querido que el sentimiento no entre en ella, porque pensar en su pequeño de ocho años es lo que más le duele.

Cambió de país, pero seguirá con la misma lucha, ella desde acá y su hijo desde allá. ¿Planes? De momento se quedará en Tijuana, aunque en los próximos días irá con su familia a Maravatío, donde su padre tiene “una tiendita”, después de que el cultivo del maíz dejó de ser negocio cuando el gobierno mexicano permitió, en acato al Tratado de Libre Comercio, la entrada indiscriminada del maíz estadounidense, subsidiado, a bajo precio. Y luego regresará a Tijuana para tejer y sumar activos, relaciones y organizar actos a favor de inmigrantes.

Elvira Arellano

Epiloga sus vivencias en Estados Unidos con un “no me arrepiento, porque lo más importante es el mensaje que pude llevar a Los Angeles y ahora el pueblo latino en Estados Unidos está levantado, porque están en contra de la manera en que me deportaron y en contra de las deportaciones masivas. Si mi deportación unió al pueblo, a los líderes comunitarios, a los líderes religiosos, a las organizaciones, para mi es un bien. Y si ese era el precio que tenía que pagar para una legalización estoy satisfecha con mi trabajo, porque no me quedé sentada, me agarró migración luchando por mi y por otros”.

En su primer día en esta frontera, la más transitada del mundo, se pregunta: “¿Ahora qué haré?” “¿En qué trabajaré?”. Pero se responde con aplomo: “A mi no se me cierra el mundo’. Por lo pronto, ya tiene ofertas de trabajo de los alcaldes de Tololoapan, Guerrero, y de su natal Maravatío.

“Confío en un futuro maravilloso para mi y mi hijo”, dice con una recientemente adquirida pasta y cepillo de dientes en la mano, dentro de su nueva morada, un departamento del abogado Felipe Saucedo, en una colonia popular de Tijuana, con calles que suben y que bajan, con puestos de comida callejera y con gente, mayoritariamente, pobre.

Saucedo recibió una llamada el domingo anterior de su hermana, Gloria, una profesionista de la medicina en México, que hace una treintena de años emigró a Estados Unidos. Con el activismo en las venas, no podía tener mejo trinchera para su labor que la organización Hermandad Mexicana Nacional en el Valle de San Fernando, en la ciudad de Los Angeles. Al enterarse de que Elvira iba a ser deportada por Tijuana, inmediatamente le habló a Felipe para pedirle que la recogiera y le diera albergue. Y así fue.

Felipe la aguardó en el sitio donde salen los que vienen de San Diego, por la garita de San Isidro, donde también lo hacen los deportados. Se la llevó un oficial del Grupo Beta, a donde la habían entregado los de inmigración estadounidense.

Felipe hizo notar que nadie hubo del gobierno mexicano para atenderla. Sólo estuvieron unos defensores de derechos humanos de San Diego.

Y de inmediato Elvira ofreció sus primeras entrevistas a medios de comunicación mexicanos e internacionales. Camino a su nueva morada,

saul en marcha

Elvira y Felipe conversaron con confianza. Extrovertida y ágil de palabra, ella le contó su odisea. El departamento es de dos recámaras pero no le funciona el refrigerador ni tiene aire acondicionado. Con este calor que llega a los 40 grados centígrados,  es sofocante estar dentro, pero llega a convertirse en sucursal del infierno cuando se congregan en ese pequeño espacio los periodistas en tropel. Apenas y hay sitio para la respiración.

Porvenir Latino estuvo en este primer día con ella muy cerca como para conocerla más allá de sus tesis a la prensa. Ella permitió una mirada, aunque somera y rápida a su mundo interior, a sus sentimientos, a sus intimidades.

Elvira cuenta que durmió cuatro horas la primera noche. Eso sí plácidamente, aunque admite que también por la crisis se le retira casi todo su apetito. Por eso no comió el menudo que al día siguiente en la mañana le llevó Felipe. Prefirió ir de compras a un Gigante. Adquirió pasta y cepillo de dientes, shampoo y cremas, además de que pasó al salón de belleza.

Allí la gente la identificaba de inmediato: “ ¿Usted no es la deportada?”, le preguntó una viejita. Y otro señor: “¿Es usted es la que defiende a los indocumentados?”. Ella asentía, los saludaba de buen humor.

Su primer día fue de un constante atender a periodista tras periodista, conferencias de prensa, llamadas telefónicas de Chicago, de México. No tuvo respiro. Y bien que maneja a los comunicadores, es una experta,  les pide orden y atiende a uno por uno y llegado el momento es terminante: “La última pregunta, por favor”. Y da por concluido la rueda de prensa y se despide cortésmente.

Eso sí, habla a todos ya sea de manera personal, por teléfono, o va a los estudios de televisión para programas en vivo. Enviados de una cadena de televisión en español en Estados Unidos vienen de Miami, le proponen llevarla a un confortable cuarto de hotel para una amplia entrevista. Y ella les bromea: “Les cambio ese cuarto por el mío”.

La irrupción de los periodistas vino a romper la rutina en ese barrio. Alguien llegó presuroso al edificio al ver a semejante cúmulo de camarógrafos, de fotógrafos. Y, espantado preguntó: ¿Pasa algo ahí , porque mi sobrino vive en este edificio”.

Un reportero y un fotógrafo del Chicago Tribune, uno de los mejores diarios de Estados Unidos, llegaron muy temprano y ella al verlos los trató con familiaridad. “Que bueno que están acá, en mi patria, para que la conozcan”.

Uno comentó que a su correo electrónico habían llegado al menos 150 mensajes, de los cuales 149 celebraban la deportación de Elvira. “El racismo, mi hermano”, dijo el fotógrafo.

Elvira recibe una llamada de Chicago, le dijo a su interlocutora que se encuentra bien y envía un saludo a los danzantes. “Díganles que tengo mucha energía, mucho espíritu y muchas gracias a ustedes por su energía”.

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