(13 de mayo, 2014).- Todos sabemos lo ocurrido el 2 de mayo de 2014, fecha en la que las bases de apoyo zapatistas fueron agredidas por un grupo de presuntos paramilitares (a la fecha el comunicado del Subcomandante Marcos indica expresamente el nombre de la CIOAC-Histórica). Todo ocurrió en el Caracol de La Realidad. Desde ese momento la dirigencia zapatista se mantiene alerta ante la situación enviciada que se vive en la zona. El evento es reciente y por ello la reacción predominante suele ser la de una crítica de los actos desde una perspectiva moral. Sin embargo, además de este juicio condenatorio (necesario a no dudarlo) resulta imperativo colocarnos en una situación tal que nos permita plantear una serie de preguntas fundamentales. Los sucesos serán investigados y las Juntas de Buen Gobierno persistirán en su búsqueda de justicia.
Dejemos, pues, esta situación a su buen juicio. Las preguntas que me propongo hacer aquí se dirigen hacia otro nivel, uno que me gustaría llamar político. Cierto, hay algo terriblemente indescriptible en todo aquél que asesina a un hombre tirando del gatillo ante su cabeza, dándole machetazos en pleno rostro. Hay algo brutalmente espeluznante en cualquiera que asesina mujeres pobres, que trabajan en maquilas y que vive gozando de la impunidad sistémica. Sí, hay algo absolutamente irreductible en esto, pero nada puede quitarnos la responsabilidad de comprender el mal radical de nuestro siglo. Entiendo por lo político algo distinto del régimen de partidos y la actividad profesional de una parte de la sociedad que ocupa escaños de representación popular. Lo político se refiere a la institución simbólica de la sociedad. En este orden de ideas, me pregunto por la naturaleza del poder político y de la dimensión nueva del mal que se anuncia con eventos de esta índole.
El poder político
Gramsci sostuvo que cuando las condiciones de la hegemonía que la sociedad política instaura sobre la sociedad civil se fracturan, surge entonces la posibilidad de que grupos paramilitares surjan de entre la sociedad civil para realizar las funciones de control que ya no se logran por medios políticos. Pero este modelo teórico es inadecuado para explicar lo que ocurre en Chiapas. En fechas más recientes, la investigadora norteamericana Susan Buck-Morss argumentó con mucha verosimilitud que las democracias posteriores a la Guerra Fría –al menos los regímenes que se autodenominan de ese modo- deben considerarse según una doble instancia del poder político: su cara visible, institucional y normativa que regula legal y legítimamente varias de las relaciones sociales dentro del Estado, por un lado; por el otro, existe en toda democracia una instancia distinta y ajena al control popular y democrático que llamó the wild zone of power. Esta “zona salvaje del poder” representa el uso de la fuerza irrestricta, una fuerza ilegítima que pervierte y difumina la barrera entre la violencia legítima y la coerción arbitraria. De otro modo, el teórico esloveno Slavoj Žižek compara esta dimensión nocturna del poder político con la instancia del súper yo en lo inconsciente: una fuerza punitiva que instaura una ley tácita pero sumamente coercitiva que regula los intercambios sociales mediante un poder irrestricto. Pese al obvio interés que despiertan estas posturas, lo cierto es que difícilmente podríamos comparar al poder político con la tópica del aparato psíquico freudiano. La dimensión de la barbarie que se vive en Chiapas y que fue visible con la violenta irrupción de Acteal no puede comprenderse únicamente en los términos de una dimensión no sujeta al control ciudadano de la violencia estatal y rebasa cualquier descripción de lo político como una analogía con lo inconsciente sin más. La dimensión del mal político que llamamos comúnmente “paramilitarización” tiene una historia política propia, la cual nos habla acerca del mal político en Centroamérica.
El mal de la banalidad
Hannah Arendt, al realizar la cobertura del famoso juicio de Eichmann en Jerusalén, escribió algo más fundamental que una crónica periodística sobre dicho acontecimiento. La pensadora judeo-alemana realizó una de las reflexiones filosóficas más profundas acerca de la naturaleza del mal en los tiempos modernos. A juicio de Arendt, aquello que encarnaba Eichmann no era la brutalidad xenófoba del asesino de masas sediento de sangre. Encarnaba, más bien, la banalidad del mal: el secreto del poder totalitario unido al rostro del burócrata con incapacidad crónica para pensar por sí mismo. Los asesinos de masas que perpetraron el genocidio que conmovió al mundo no eran sino asesinos de escritorio que trataban con “material humano” y se preguntaban sólo por las condiciones instrumentales de su transporte. La sectorización de la actividad administrativa ayudaba a deshumanizar a las víctimas, mientras sólo se sellaban documentos identitarios en medio de la catastrófica maquinaria de la muerte industrial. Pero lo que ocurre en Centroamérica y gran parte del llamado Tercer Mundo es de una naturaleza distinta y, en este sentido, nueva. Dolorosamente nueva. ¿Por qué?
Pese a la agudeza de Arendt, que nadie pondrá en cuestión, la “banalidad del mal” sólo da cuenta de un episodio específico del desarrollo de la cultura y la política europeas. Mientras que en el resto de las naciones poscoloniales el mal se perfiló en una dimensión más fluida, vertiginosa y sanguinaria.
Esto queda completamente claro en el film de Joshua Oppenheimer The Act of Killing, un documental acerca de los escuadrones de la muerte que asesinaron brutalmente a cientos de miles de integrantes del comunismo en Indonesia. Este documento es una obra definitiva para entender el mal que representa la paramilitarización. A lo largo de sendos 122 minutos vemos desfilar ante nosotros un tipo de barbarie obtusa, hedonista, que se regodea de sus actos y baila en los mataderos donde ahorcaban a sus víctimas. Es una barbarie escenográfica ella misma que, a medias por su ignorancia e impulsada por su franco sadismo, se anima a representar y recrear sus métodos criminales con lujo de detalles. Ahora bien, ¿qué es lo que tenemos allí? No es la banalidad del mal, demasiado rígida y estratificada en las estructuras administrativas de la burocracia. Se trata de asesinos de campo que usan subdesarrollados alambres y postes de metal para dar muerte a sus víctimas, en lugar de cámaras industriales para esparcir Zyklon B a cientos de manera simultánea. No trato de minimizar una cosa apelando a la índole de la otra. Ambas son terribles e injustificables, pero –nuevamente- debemos comprender la naturaleza del mal que se gesta en los confines de las dictaduras autoritarias del Cono Sur y se desarrolla en el corazón de la olvidada Centroamérica. Pues bien, estos hombres sólo pensaban en una cosa: en conseguir cervezas y en disfrutar de mujeres pagadas mediante el dinero con el que poderosos grupos políticos recompensaban sus “aventuras” y “actos de heroísmo”. Entre los finos modales de un Eichmann y el arguende revoltoso de estos vagos existe una diferencia que va más allá de los matices. Sin duda, ambos eran oportunistas; sí, pero sus formaciones sociales eran enteramente divergentes. Indonesia alimentaba sus grupos paramilitares del lumpenproletariado urbano y de las divisiones artificialmente inyectadas en las organizaciones campesinas de las sociedades subdesarrolladas. Los nazis alimentaron su infraestructura letal de la racionalidad burocrática alemana, luchando incluso contra los Junkers o caciques de la vieja Prusia.
¿Qué se dibuja en ese tremendo horror? Una política de la muerte, por cierto. Pero también hay algo más: el “mal de la banalidad”. Es un mal que se vacuna contra la vida del otro; un mal que vive de sorna y escarnio para el que no se somete al poder del dinero; uno que quiere edecanes para su sexista placer. Es un mal que surge entre los dominados por el “divide y vencerás”; uno que siempre se alimentará de la facilidad para adquirir armas carísimas y excéntricas en cualquier mercado de cualquier color (negro, blanco, rojo, amarillo), con tal de despoblar las tierras empobrecidas donde hacendados, caciques, transnacionales y otros demonios festejarán sus bacanales (acompañados de las hijas de los campesinos explotados que, eventualmente, serán robadas a mano armada para traficar con ellas como se trafica con drogas, con la sumisión, con alimentos, ¡con la sumisión!). Son esos, los brutos de siempre, que asesinan indígenas. Los torvos oportunistas que matan para tener “privilegios” en medio de su mezquindad sin nombre. Es el mal interminable. Hoy en día padecemos de un mal para el cual una hectárea, un Ipod o 500 pesos son prioritarios por encima de la vida de un ser humano e incluso de la vida sin más. Hoy en día la banalidad en sí misma es un gran mal, un silencio asesino, genocida. Hoy, cuando los políticos se posicionan como si fueran discos de la última cantante pop de moda, la burguesía se ha vuelto absolutamente banal y nos quiere compartir por todos lados su frivolidad mezquina, vomitiva como sus productos, llena de una melcocha empalagosa como la sangre que derrama. Pero ese mal también está abajo: habita en los jóvenes que se hacen sicarios antes de aprender el alfabeto, entre quienes buscan una despensa a cambio de votos y quienes dan despensas para no perder escaños; entre quienes se aprovechan de su color de piel claro para ser gobernadores en una tierra de morenos; entre quienes se casan espectacularmente con “actrices” para alimentar la telenovela de que algún día los mexicanos tendrán pan y tierra, aunque sólo tengan televisiones a crédito con pantallas de plasma. Ese mal está entre los morenos que odian a los morenos; está entre los morenos que miran para abajo a los del color de la tierra.
Pero que nadie se llame a engaño: sólo una burguesía tan consciente de su banalidad y, además, enterada de que es prescindible, podría demandar, así de histéricamente como lo hace, la respetabilidad que sus actos le niegan.
¿Por qué digo que este mal es nuevo entonces, si ha acosado a Centroamérica desde los años setenta? Es nuevo porque no existen palabras aún para acabar de definir su horror, ni la justicia se ha ocupado de resarcir sus daños.
Sólo la barbarie puede dormir luego de cancelar la palabra de quienes asistirían al Congreso Nacional Indígena, de quienes abrían una escuela para compartir su experiencia en búsqueda de Autonomía. Sólo la barbarie más radical puede estar feliz de haber suspendido el homenaje que tenían preparado a un filósofo, de esos que no hay muchos en este país.
Y no hay palabras para tanta falta de razón y tanto silencio.
Si de algo sirve…
EZLN
Aquí están mis palabras, comparto tu duelo.


