Óscar Balderas / @oscarbalmen
Foto: Lapoliciaca.com
(06 de diciembre, 2013).- No lo sabes, Juan, pero ya te encontraron. Por fin, después de tantos meses que estuviste esperando, muy solo bajo la tierra, un grupo de hombres siguieron tu ubicación en un mapa y rascaron tantas horas con un trascabo amarillo que dieron contigo y con ocho personas más. No lo sabes, pero ese grupo de hombres –vestidos completamente de blanco con trajes aislantes de bacterias acumuladas en una narcofosa– te hallaron boca abajo y con la ropa hecha jirones porque siguieron la pista de, dicen las autoridades, los hombres que te asesinaron a sangre fría en algún momento de este año que termina.
Te cuento, Juan: el 28 de noviembre pasado, un hombre fue asesinado a tiros en la colonia Fovissste, en la esquina de la calle Laureles y Periférico, en Guadalajara, Jalisco. Extrañamente, la autoridad metió acelerador a la investigación y cinco días después ya tenían capturados a tres sujetos, señalados como los homicidas.
Extrañamente, te digo, porque allá en Jalisco, desde que se les metió a la cama el Cártel de Guadalajara, los crímenes relacionados con ejecuciones de la delincuencia organizada van a parar a la congeladora. Pero esa investigación, dicen las autoridades, es lo que causó que te encontraran.
Porque esos tres presuntos criminales resultaron, dicen, integrantes del Cártel de Jalisco Nueva Generación, un grupo criminal que, dicen sus propios integrantes, nacieron para defender a la población de los abusos de los Caballeros Templarios, que a su vez, dicen sus propios integrantes, nacieron para defender a la población de la violencia de La Familia Michoacana, que a su vez, dicen sus propios integrantes, nacieron para defender a la población del sadismo de Los Zetas, que se separaron del Cártel del Golfo.
Y esos tres, que dizque son paladines de la sociedad civil, sabían de algún modo donde estabas tú. Ante el Ministerio Público señalaron que había cuerpos enterrados, muertos hace mucho, muy solos, en la localidad Las Mesitas, al norponiente de la zona metropolitana de Jalisco, entre Santa Lucía y Palo Gordo, muy cerca de un árbol seco que nomás jalaba del subsuelo putrefacción de víctimas del narcotráfico.
Y para allá fueron agentes del ministerio, peritos del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses, paramédicos –para qué, preguntarás–, forenses y uno que otro periodista enterado del hallazgo. Llegaron en sus camionetas y encontraron en el paraje una que no era de ellos: una pickup blanca, placas locales, abandonada y con dos armas largas bajo el asiento del conductor.
¿Te habrán hecho excavar tu propia tumba, Juan? Los testimonios de gente que ha sobrevivido a asesinatos masivos, y luego han sido enterrados, dicen que esa gente los obliga a cavar sus sepulcros, únicamente ayudados por la luz de una camioneta que los guía por la noche. Luego, los matan y ahí los depositan. Me estremece pensar que te hicieran eso, Juan, y que aquella camioneta te alumbrara en tus últimas horas.
Cuando llegaron, se ubicaron en el sitio de los tres informantes y cavaron. Palas, carretas, trascabo, todo para llegar hasta ahí. Pronto saliste tu y ocho personas más, pero ya no había nada que hacer por ustedes.
Tampoco lo sabes, pero días antes, también en Jalisco, encontraron una fosa clandestina como en la que te hallaron. Está en La Barca, cerca de Michoacán, y la Fiscalía General local contó 67 cuerpos apilados, muy cerca de un cerro seco.
La última cifra sobre esto la tiene la Comisión Nacional de Derechos Humanos: desde 2007 hasta 2011, mil 230 cadáveres fueron hallados en unas 310 fosas comunes clandestinas.
Ahora, Juan, mientras te escribo esto, es probable que estés en alguna plancha fría, esperando que tus familiares te reconozcan y puedan comenzar un duelo más humano, más reconfortante, pero igual de doloroso. Aceptar que la esperanza de que un día volvieras se terminó, pero inicia el descanso de saber ya tu paradero.
Por supuesto, no te llamas Juan, es el nombre ficticio que me han pedido poner para llamarte, joven de unos 28 años, 1.70 de estatura, moreno, delgado, que vestía gorra negra o gris, jeans despintados a la altura de la rodilla y zapatos negros. Me han dicho que así eras en vida y que así hay que recordarte.
Mientras te escribo esto y tu descansas en alguna morgue, aguardando a que tus familiares lleguen, la cifra se actualizó: no estabas junto a ocho, sino a trece. Tú sumas catorce. Catorce cuerpos que quien sabe a cuantas madres, padres, hijos, sobrinos, vecinos, empleados están afectando con esa cifra.
Cuando alguien sume lo que pasó este año, tu caso estará ahí, Juan, junto a la promesa fría de algún funcionario que se comprometerá a poner un alto a estas fosas clandestinas. Luego, nada.
Porque esto, dicen, es apenas la punta del iceberg; que 76 restos humanos enterrados no es ni el 10 por ciento de lo que iremos encontrando en Jalisco durante los años siguientes; que la entidad está plagada de narcofosas con las respuestas ocultas de dónde están nuestros desaparecidos; según Francisco, del Servicio Médico Forense, Jalisco ya se volvió un gran cementerio.
Un camposanto que nadie lo nota porque en lugar de lápidas el gobierno ha puesto edificios bonitos.

