Cuando Roberto Capuano presentó la Olinia Carga, midió su capacidad en una unidad que ningún manual de ingeniería reconoce: 12 huacales. No en litros, tampoco en metros cúbicos, sino en huacales.[1] La medida tiene algo de broma, pero también mucho de verdad, porque un vehículo diseñado para México debe partir de cómo se mueve y trabaja el país. Y si para explicar cuánto cabe en la caja resulta más intuitivo hablar de huacales que de pies cúbicos. El huacalómetro es la primera unidad del sistema métrico mexicano del siglo XXI.
La ocurrencia sirve para hablar de algo más importante. Durante treinta años nos vendieron la aspiración de convertir a México en una “potencia exportadora”. La premisa era que no necesitábamos diseñar ni poseer la tecnología; bastaba con ensamblar, exportar y celebrar el volumen exportado. Funcionó, pero solo a medias. En 2025 el país produjo casi 4 millones de vehículos ligeros. El problema es que esa formidable capacidad industrial no se tradujo, en la misma proporción, en tecnología propia. Sabemos fabricar millones de automóviles, pero seguimos dependiendo de otros para decidir cuáles.
Hubo un tiempo, antes de que la fiebre exportadora lo absorbiera todo, en que nuestra industria automotriz miraba hacia adentro. El gran emblema de aquella época fue el Vocho. De cuna alemana, sin duda, pero profundamente mexicano en su alma: fue el taxi de batalla, el auto familiar y la máquina que aprendimos a mantener y querer. Puebla fue testigo de nuestra formidable capacidad para la producción masiva, pero la cruda realidad es que la propiedad intelectual, las regalías y el rumbo estratégico jamás nos pertenecieron.
Sin embargo, México intentó romper ese molde con VAM —Vehículos Automotores Mexicanos—. Entre 1963 y 1987, VAM demostró que no teníamos que limitarnos a ensamblar. Con modelos como el Rambler, el Gremlin o el Lerma, adaptamos plataformas extranjeras aplicando ingeniosas soluciones locales. Quedó claro que teníamos el talento para diseñar pensando en México. Tristemente, esa visión se abandonó cuando la integración a las cadenas globales dictó nuevas reglas de rentabilidad. Hoy, México es uno de los cinco titanes mundiales en exportación automotriz. Pero hay un vacío ensordecedor, ya que a diferencia de Alemania, Japón, Corea del Sur o China, somos el único gran exportador sin una marca propia. Elegimos exportar, y lo dominamos a la perfección, pero nuestra gran cuenta pendiente fue crear.[2]
La industria mexicana desarrolló proveedores, logística e ingenieros extraordinarios. Precisamente por eso debemos preguntarnos ¿por qué no usar esa infraestructura para desarrollar tecnología mexicana? Ahí aparece Olinia. Presentado por el gobierno de Claudia Sheinbaum con participación del IPN y el TecNM, el proyecto no es un Tesla mexicano ni pretende resucitar al vocho. Su verdadero desafío es demostrar que México puede pasar de fabricar para otros a diseñar para sí mismo. Eso implica desarrollar propiedad intelectual, plataformas, baterías, electrónica, software y cadenas nacionales de suministro. Si Olinia logra posicionar vehículos compactos y eléctricos en ciudades mexicanas, el beneficio urbano será inmediato, habrá menos congestión y menos emisiones, dos de los problemas más visibles de la movilidad en el país.
El camino de la innovación no está exento de riesgos. El Poder del Consumidor y Latin NCAP pidieron pruebas de choque desde el diseño de Olinia, no como corrección posterior, porque limitar la velocidad a 50 km/h no garantiza nada por sí solo. La soberanía tecnológica demanda el mismo rigor que le exigiríamos a cualquier otro fabricante. Pero el riesgo mayor es seguir haciendo lo mismo mientras otros deciden qué tecnología usaremos. México ya demostró que puede fabricar millones de automóviles. Ahora debe demostrar que puede diseñar uno. Quizá algún día, cuando alguien pregunte cuánto carga un vehículo mexicano, respondamos sin ironía y sin complejos.
El viejo sueño fue exportar. El desafío es convertir manufactura en conocimiento, conocimiento en tecnología y tecnología en capacidad de decisión. Olinia es la posibilidad de dejar de pedir permiso para diseñar el futuro. Y si podemos diseñar un vehículo eléctrico pensado para nuestras calles, también podremos diseñar su batería, su software, sus sensores y sus estaciones de carga. Después del auto vendrá la plataforma; después de la plataforma, la movilidad como servicio; después, la maquinaria agrícola, los drones de reparto, los dispositivos médicos. El proyecto Olinia es el primer prototipo de una industria mexicana que se atreve a crear, no solo a ensamblar. La pregunta ya no es cuánto podemos fabricar, sino cuánto estamos dispuestos a inventar.
[1] Presentan Olinia Carga: El nuevo vehículo eléctrico de trabajo
[2] ¿Qué pasó con VAM? La Caída del Gigante Automotriz de México









