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El día que los medios se silenciaron

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(5 de marzo, 2014).- El 16 de diciembre de 1986, el director del diario colombiano El Espectador, Guillermo Cano Isaza, fue entrevistado por Cecilia Orozco del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB). Se habló sobre los peligros del periodismo y de su boca salió una frase tajante: “El problema de nuestro negocio es que nunca se sabe si volveremos por la noche a casa”. El miércoles 17 del mismo año, el director de El Espectador fue asesinado a sangre fría por sicarios al servicio del capo de Medellín, Pablo Escobar Gaviria.

El periodismo colombiano lanzó una respuesta de rechazo al suceso

Veinticuatro horas donde los medios impresos, radiofónicos y televisivos decidieron entrar en duelo. Ana María Busquets de Cano, viuda de Guillermo, y el CPB junto con periodistas, sindicalistas, estudiantes, empresarios y empleados convocaron la marcha del silencio para exigir libertad de expresión. La movilización no se redujo a este personaje, sino a otros 25 periodistas que murieron en el ejercicio de su oficio. Se realizó una procesión encabezada por el entonces presidente Virgilio Barco y miles de colombianos que llevaban pañuelos blancos. Todos acompañaron el cuerpo del periodista al cementerio de Jardines del Recuerdo. Cano Isaza apareció en las primeras planas de todos los diarios de Colombia.

Además, el entonces director de El Tiempo, Enrique Santos Calderón, propuso un grito del silencio. Esa noche los medios informaron la intención de silenciarse: “lideraron la cadena de la solidaridad”. A las 23:00 horas del jueves 18 se televisaron en conjunto las repercusiones de lo sucedido. La unión del bloque de medios fue un acontecimiento imprevisto.

También se conformó un equipo de trabajo denominado Pool de Prensa. En éste figuró El País de Cali; El Heraldo de Barranquilla; El Colombiano de Medellín; y El Espectador y El Tiempo de Bogotá, entre otros diarios. El fin: denunciar en conjunto a quienes tenían nexos en el negocio de las drogas.

Las acciones en Colombia son un ejemplo de solidaridad y unión. ¿Debe ser más trágica la situación para que los medios de comunicación mexicanos reaccionen?

Como contraparte de estos hechos en 1984, dos años antes, fue tiroteado por la espalda Manuel Buendía. La primera víctima de la narcopolítica. Pocos son los círculos que en México lo recuerdan, su actividad persecutora hacia al narcotráfico en la Red Privada.

Al periodismo mexicano no se le puede nombrar gremio porque hay más desunión y autodestrucción que cualquier otra cosa. El círculo de solidaridad es muy débil. Eso es lo que buscan los poderes corruptores: la continuidad de un periodismo débil.

Doy un simple vistazo al teclear asesinato de periodistas en internet. Los resultados: Asesinato de otro periodista extiende temor en noroeste de México, Exigen protección a periodistas y defensores de Derechos Humanos en México; México y Honduras entre los países más peligrosos para los periodistas. Los campos de búsqueda son extensos y sanguinolentos. Llenos de senderos desesperanzadores.

A pesar de ello hubo y hay personajes que siempre creyeron en una esperanza. Es el ejemplo de Jesús Blancornelas, quien sobrevivió a cuatro tiros ejecutados por pistoleros del Cártel de Los Arellano Félix. Él propuso “tipificar como delito federal todo agravio o asesinato a periodistas”. En su libro En Estado de Alerta escribió lo siguiente:

“Desayuné. Café con leche en pocillo. Virote, concha, campechana o chamuco. Nos po­nían una cestita repleta para escoger. Terminando salí a la calle. Alta, angosta y gruesa puer­ta. Cerré jalando su aldaba. Luego oí a ‘El Tecolote’. Así le decían al voceador del rumbo. Clarito el vozarrón: ‘Maaaataaron a un perioooodistaaaa’. Ejemplar mano en alto. Resolló: ‘Leee diiiispararoooon a don Vicente Villasanaaaaaa’. Chamaco entonces, ni periódico leía. Por eso nada más escuché al voceador y seguí.

“Pero a la hora de comer me llegó la noticia con detalle. Antes que arroz, frijoles y tortillas. Mi padre nos comentó: ‘El señor Villasana era un periodista decente. Director de El Heraldo en San Luis Potosí. También de El Mundo de Tampico’. Mucho nos contó de tal caballero. Pero lo que más recuerdo: le dispararon por la espalda. A traición. Mi padre sentenció: ‘Se­guramente alguien se disgustó con lo que escribió y se vengó’. Aquel día ni siquiera imaginé: estaría en un periódico el año 55. Por eso me fueron cayendo datos del crimen. Los años pasaron y nunca supe quién mató a Villasana. Eso sí, sobraron suposiciones. Oí muchas”.

Y con este relato me surgen cuestiones: ¿seguirán pasando los años y la impunidad hacia quienes laceran a los periodistas continuará? ¿Por qué no ha reaccionado este gremio en conjunto? ¿Por qué pensar que este problema sólo le pertenece a quienes investigan temas de alto riego? ¿Cuál es el estado de las nuevas generaciones de periodistas, hoy desgastadas y convertidas en técnicos de la información? ¿Por qué el periodista teme ser humano?

No sólo es la ausencia de la libertad de expresión o la violación del artículo 6º y 7º de la Constitución por parte de los distintos niveles de gobierno, el crimen organización y los medios de comunicación industriales, sino también la falta de ímpetu entre colegas. Ante este panorama vale la pena recordar los tiempos juveniles donde reverdecían los ideales, recordar el motor social que nos empujó a estudiar esta carrera.

Mientras los cínicos de la información continúan en su carnaval de payasadas, se siguen ejerciendo acciones de censura, amenaza, secuestro, tortura y asesinato. Las y los reporteros: la mano de obra barata de un emporio informacional, al cual le toca la cobertura de la realidad, finge que no ocurre nada. Si los medios masivos de comunicación esparcen humaredas turbias ocultando estos hechos, entonces, la parte obrera en toda esta cadena debe hacer algo al respecto. No necesitamos mercenarios. Ciegos y aposentados plácidamente detrás de una columna o un programa de radio o televisión. “Opinólogos” que hoy se erigen como tribunales mediáticos y que, además, fueron reporteros algún día: Carlos Marín, Pablo Hiriart, Ricardo Alemán, Carla Iberia Sánchez, Joaquín López-Dóriga, Ciro Gómez Leyva, Jacobo Zabludovsky, Javier Alatorre, y muchísimos más. Ellos le pusieron un precio a la verdad, el del mejor postor. La peor muerte de un periodista es la muerte de su credibilidad.

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