En su primera entrevista con los medios, el ahora secretario de Desarrollo Social (Sedesol), José Antonio Meade, anunció que habrá una profunda revisión de la Cruzada Nacional contra el Hambre, pues “no se han identificado a plenitud los mexicanos en vulnerabilidad”. Obviamente, de seguir las cosas como van, al paso de los meses será cada vez más difícil tener un padrón exacto de los ciudadanos en situación de pobreza. El flagelo aumenta cada día, porque el modelo económico está orientado a fortalecer el fenómeno, razón por la que hasta en la misma Casa Blanca en Washington (no aquí, desde luego), está cobrando fuerza la crítica contra el neoliberalismo y contra la geopolítica ultraderechista.
Ambas estrategias están llevando al mundo al borde de la tercera guerra mundial, y quienes mandan en el planeta se han dado cuenta que nada ganarían si se desatara un mega conflicto nuclear. Sin embargo, aquí en México el grupo en el poder sigue empecinado en seguir adelante con sus políticas públicas empobrecedoras, y hasta es motivo de orgullo para la burocracia dorada afirmar que la Sedesol tiene capacidad para seguir atendiendo a la población “vulnerable”, cuando debería ser motivo de vergüenza aceptar que la pobreza se incrementa en vez de reducirse. Según Meade, aunque la pobreza se elevó en 2 millones en lo que va del sexenio, “se avanzó en abatir carencias sociales”, aunque sigue siendo un reto la “generación de oportunidades”.
Esta dramática realidad habrá de agravarse el año que viene, debido a la reducción en el monto del gasto público. Aunque Meade afirme que entre las prioridades del presupuesto “base cero”, “está fortalecer los instrumentos para que el Estado tenga acción e injerencia en los temas de pobreza”, será imposible frenar el incremento del flagelo, porque la inercia del modelo económico seguido desde hace tres décadas conduce al empobrecimiento de la sociedad mayoritaria, porque de ello depende la concentración de la riqueza en los monopolios privados, cada vez más exigentes en cuanto se refiere a tasas de ganancias y privilegios de todo tipo, como es fácil verlo en la vida cotidiana.
Esta situación lacerante ha tenido como resultado un creciente divorcio entre gobierno y sociedad, como lo reconoce el presidente del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), Constancio Carrasco. Con todo, es preciso señalar que no se trata de una simple “percepción” de la sociedad, como así lo dijo, sino de una realidad concreta que obliga a enfrentar las causas profundas del fenómeno. El funcionario reconoció el imperativo de poner coto “a la desigualdad social, a la impunidad y al cuestionamiento ético al desempeño público”. En efecto, es preciso dar pasos firmes en esa dirección, pero vale decir que no hay condiciones de ningún tipo para avanzar hacia esa meta que se vislumbra inalcanzable en el actual régimen.
El propio Carrasco aceptó que hay un “contexto real que ha generado una muy creciente indignación, impulso natural para que la sociedad civil organizada exija democratizar a nuestra democracia”. El problema inicial es que al paso de los años nos hemos ido alejando de la posibilidad de instaurar un sistema democrático real, al grado de que incluso los países centroamericanos tienen más avances en esa dirección, como lo acaba de patentizar Guatemala. Nuestro país es en la actualidad la vergüenza de América Latina, no sólo por la inexistencia de un Estado de derecho, sino por el notorio retroceso de las instituciones a extremos sin parangón en la actualidad. Los hechos son contundentes en ese sentido: es inexistente la división de poderes y la impunidad es el común denominador en el entramado social.
En contraparte, la demagogia gubernamental es lo que sostiene al grupo en el poder, un factor por demás peligroso porque es equiparable a un alto edificio sin cimientos en una zona de grandes riesgos telúricos. ¿Acaso la demagogia no es la esencia de los discursos del inquilino de Los Pinos? ¿No es demagógico afirmar que “México quiere seguir siendo un país confiable a la sociedad mexicana y a aquellos que apuestan y se la juegan con México”? ¿Es mentira que la realidad cotidiana nos muestra cuán alejados estamos de una confiabilidad mínima en las políticas públicas, orientadas tan solo a satisfacer un inocultable afán de lucro de la burocracia dorada?

