¿Por qué Videgaray y Camacho se ven satisfechos y gozosos?

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Al ver los rostros irradiantes de alegría de César Camacho Quiroz, coordinador de la bancada del PRI en la Cámara de Diputados, y del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en el acto de entrega de la propuesta de Presupuesto de Egresos de la Federación  para el próximo año, se podría pensar que tienen motivos para mostrarse satisfechos y gozosos, cuando es obvio todo lo contrario, no sólo por los resultados del primer trienio de ejercicio gubernamental, sino porque dicha propuesta habrá de reducir aún más las posibilidades de los mexicanos para revertir una realidad adversa.

En los Criterios Generales de Política Económica, que entregó el titular de Hacienda al también feliz presidente de la mesa directiva de la Cámara Baja, Jesús Zambrano, se puntualiza lo que ya es de dominio público: se reduce el presupuesto de egresos con fundamento en lo que llaman eufemísticamente “reingeniería del gasto con enfoque base cero”, dizque para reducir duplicidades y buscar mayor eficiencia en el uso de los recursos. Se ejercerán 4 billones 746 mil 945.7 millones de pesos, 0.2 por ciento menos en términos reales que el de este año.

Lo razonable sería que se aumentara el gasto de conformidad con el incremento de las necesidades de la población, que crecen año con año, y sobre todo que se tomara en cuenta la escalada inflacionaria, que existe aunque traten de ocultarla con datos amañados y se afirme que no llega a 3 por ciento. No se toma en cuenta que el crecimiento real es menor y que hay un grave estancamiento del mercado interno, problema que influye en altos costos para las empresas medianas y pequeñas, cada año más ahorcadas y sin que tengan posibilidades concretas de resurgir de sus cenizas aquellas que de plano se ven forzadas a cerrar sus puertas.

Es claro que la política de gasto del gobierno federal está orientada a seguir empobreciendo a la población mayoritaria. Con todo, lo más dramático es que así se va a seguir fortaleciendo una desigualdad de por sí alarmante en la actualidad, cuando lo aconsejable es combatir dicho fenómeno que nos está encerrando en un círculo vicioso, que más temprano que tarde acarreará mayores males sociales que los que ahora estamos viviendo. Sin embargo, esto no parece importar ni a la alta burocracia ni mucho menos a la élite oligárquica, como nos lo deja ver el optimismo desenfrenado que muestran en cuanta oportunidad se les presenta.

A decir verdad, unos y otros tienen razón en mostrarse felices y contentos. Ellos no se verán afectados en sus intereses, pues la cúpula de la clase política seguirá recibiendo sus jugosos sueldos, y el empresariado consentido del régimen continuará disfrutando de canonjías y privilegios que los colocan al nivel de sus homólogos del primer mundo. En algunos casos incluso están en mejor situación, porque aquí no tienen que pagar las cargas tributarias de las que no se salvan en los países más industrializados. Así queda de manifiesto que ha sido mera demagogia de los altos funcionarios del Ejecutivo decir que el gobierno federal estaba dispuesto a  “amarrarse el cinturón “,  y compartir con el pueblo la austeridad que será la tónica del próximo año.

Asimismo, ha quedado claro que la pretendida etapa de aprovechamiento de las mal llamadas reformas estructurales, no habrá de llegar; ni el año que viene ni los siguientes, porque no hay condiciones estructurales para ello. En la actualidad, México está en peores condiciones que las que tuvieron los países europeos más afectados por la Segunda Guerra Mundial. No es una exageración decirlo, sino un hecho plenamente comprobable. Alemania resurgió de sus cenizas, lo mismo que Gran Bretaña y la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), gracias a la fortaleza de sus pueblos, pero también al comportamiento ético y patriótico de las clases gobernantes.

Hemos llegado a la dramática situación en que nos encontramos, no porque hayamos sufrido las secuelas de una guerra dantesca, sino por la brutal corrupción de las élites, su ausencia de compromiso con el país y un cinismo sin límites. Lo más terrible es que a pesar del alto grado de aniquilación del país, las camarillas dirigentes siguen con el mismo concepto destructivo de la gran nación que los ha enriquecido. Luego serán los primeros en huir, cuando empiecen a ver el incendio que provocaron.

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