Jonathan Pérez I. / @jonapolifonia
(02 de diciembre, 2013).- Este primero de diciembre, el único que felicitó a Peña Nieto fue el gobernador priista de Durango, Jorge Herrera Caldera, quien aseguró que el mexiquense “cumplió un primer año de gestión positiva, con un paquete de reformas que eran urgentes para el país”.
Herrera Caldera declaró que Peña ha sido un mandatario “sensible y solidario con las preocupaciones de los mexicanos”, y para muestra, dijo, “la implementación de la Cruzada Nacional Contra el Hambre y el apoyo extraordinario que otorgó a los estados afectados por una sequía de dos años”.
Pero en la calle la visión es distinta; en la calle, Peña Nieto no es ni sensible, ni solidario; en las protestas del primero de diciembre se sabe muy bien que dentro de las asignaturas pendientes o fracasos del gobierno de Enrique Peña Nieto, a un año del arranque de su administración, hay que destacar el nulo incremento en las percepciones de los trabajadores mexicanos, que con la inflación y los “gasolinazos” han ido perdiendo constantemente poder adquisitivo. A esto se le suma que los mexicanos son los “trabajadores más baratos” de todo el orbe, toda vez que el promedio salarial en el país es de sólo 2.5 veces el salario mínimo. El gobierno ha implementado una política deliberada de castigo salarial para los trabajadores con la justificación de que esto sirve para incentivar inversiones, pero ni crecemos, ni se generan empleos, ni hay inversiones, y el mercado interno no se fortalece.
En las calles la sociedad también protesta por otro fracaso más: la persistente violación a los derechos humanos, denunciada permanentemente por organizaciones no gubernamentales. La administración del priista no ha mostrado avances significativos en la investigación de abusos del pasado, y se continúan produciendo nuevas violaciones graves de derechos humanos con impunidad. Las fuerzas oficiales de seguridad siguen cometiendo desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y torturas.
El gobierno de Peña Nieto ha sido incapaz de definir un plan concreto para lograr el objetivo de reducir la violencia. Por el contrario, como la propia organización Human Rights Watch declara, “cuando la situación de la violencia ha requerido de la intervención federal, su estrategia pareciera haber sido prácticamente indistinguible de la de su predecesor”.
Las protestas que se llevaron a cabo en la capital del país y en algunos estados de la república, son la muestra de una ira popular que crece día con día, y Peña Nieto ha desestimado esta creciente inconformidad anunciando que 2014 “deberá destacarse por ser el año de la implementación”, de las que llama, “reformas transformadoras”. Peña Nieto, sin embargo, no se equivoca al decir que todas las reformas aprobadas en los 12 meses de su gestión han sido con respaldo de las principales fuerzas políticas; ese, tal vez, sea el principal problema: aprobar reformas con el respaldo de los partidos políticos pero con el repudio de la sociedad.
Como un emperador romano, a tal grado Peña desestima la ira popular, que el día del partido del club de Azcárraga contra Nueva Zelanda, abandonó sus obligaciones y se puso frente al televisor y cuando entraba un gol a favor de la selección nativa, previa presencia del fotógrafo de la Presidencia, saltaba del sillón, gritaba, se despeinaba su copete y alzaba los brazos.
Mientras tanto, el país se cae económicamente, pero aumentan los impuestos contra la clase media degradada a pobreza en 54 millones, con 26 millones sobreviviendo en la informalidad. Millones de jóvenes no pueden asistir a escuelas superiores por falta de cupo y tampoco tienen empleo. Y los despedidos llegan a más de 3 millones.
Esta situación repercute en lo social, ya que cuando menos 90 millones de mexicanos están atrapados en la crisis de hambre, mientras las élites políticas se disputan el botín petrolero que insisten en privatizar.


