¿Por qué Rusia se apoderó de Crimea? Parte II

- Anuncio -

Foto: RIA Novosti / Andréi Stenin

(21 de marzo, 2014).- En la primera parte de este análisis, concluía diciendo que el establecimiento de un gobierno ucraniano impuesto por la Unión Europea y los Estados Unidos representó para Rusia el inminente cumplimiento de su peor pesadilla geopolítica: el ingreso de Ucrania en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La OTAN fue creada tras la Segunda Guerra Mundial como un pacto militar por el que Estados Unidos y sus aliados europeos se comprometían a la defensa mutua en caso de una agresión externa. En otras palabras, era un bloque para detener el avance de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y crear un contrapeso militar a la reciente expansión de la URSS sobre Europa del Este.

Tras el colapso de la URSS en 1991, la OTAN perdió su razón de ser. Sin embargo, Estados Unidos decidió convertirla en un pacto para asegurarse de que nunca más existiría una potencia que pudiera rivalizar con su poderío. En vez de poner fin a la lógica imperialista de la Guerra Fría, EE.UU. amplió la OTAN para absorber a las antiguas repúblicas soviéticas, pese a las reiteradas promesas hechas a Boris Yeltsin, presidente de Rusia entre 1991 y 1999.

En este último año fueron incorporadas a la OTAN Hungría, Polonia y la República Checa. Yeltsin obtuvo del presidente estadounidense William Clinton garantías de que en esos países no se desplegarían ojivas nucleares ni se desarrollarían sistemas defensivos contra las reservas estratégicas rusas, y de que las repúblicas del Báltico –Lituania, Letonia y Estonia, las tres fronterizas con Rusia– no serían incorporadas a la OTAN. Esta promesa fue violada en 2004 y la de no establecer sistemas antimisiles se violó en 2008 por un acuerdo firmado por EE.UU. con Polonia y la República Checa.

Pese a todos estos actos de agresión de Occidente –es decir, de los miembros de la OTAN–, Rusia nunca reaccionó más que por canales diplomáticos. La crisis económica tras el colapso de la URSS y la corrupción patológica del gobierno de Yeltsin hicieron que durante toda la década de los noventa Rusia tuviera que ver como un espectador más el desmoronamiento de su papel en la política y la economía mundiales.

Ya en la primera década del nuevo siglo, Putin no pudo hacer nada ante las invasiones estadounidenses en Afganistán e Irak ni ante las “revoluciones de colores”, movimientos políticos organizados y financiados por la CIA con el apoyo de la Unión Europea para imponer gobiernos pro occidentales en ex repúblicas soviéticas como Yugoslavia, Georgia Kirguistán y Ucrania.

La pasividad rusa ante estos ataques a su seguridad nacional hizo que Occidente terminara yendo demasiado lejos. En agosto de 2008, el presidente georgiano Mijaíl Saakashvili lanzó un ataque militar contra Osetia del Sur, una república en la frontera ruso-georgiana que se independizó desde 1992 pero que Georgia sigue considerando como parte de su territorio. La respuesta rusa fue fulminante y en menos de una semana obligó a Georgia a replegarse. Fue la primera señal clara de que los tiempos estaban cambiando.

Pero la paciencia rusa se acabó en el desierto. A principios de 2011, cuando el respaldo de Occidente a las facciones contrarias al presidente Muamar Gadafi ya había precipitado una sangrienta guerra civil en Libia, Estados Unidos impulsó una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU para que la OTAN estableciera una “zona de exclusión aérea” sobre Libia. Es decir, las fuerzas del tratado atlántico derribarían las aeronaves del gobierno libio para impedirles combatir a las milicias opositoras.

Rusia se abstuvo de usar su poder de veto en el Consejo de Seguridad, con lo que dio luz verde a las acciones promovidas por Estados Unidos. Pero una vez desplegadas las fuerzas de la OTAN, la “zona de exclusión aérea” se convirtió en un bombardeo masivo contra Libia. Las fuerzas armadas oficialistas fueron destrozadas y se entregó el país a una federación de milicias entre las cuales había muchos grupos vinculados con Al-Qaeda.

Recordando esa lección, Rusia se ha opuesto firmemente a cualquier acción militar de Occidente en Siria. Estados Unidos quedó en ridículo cuando el secretario de Estado John Kerry dijo, para convencer a sus socios europeos de sumarse a la guerra, que se lanzaría un bombardeo “increíblemente pequeño”. Finalmente, Putin se anotó el triunfo consiguiendo una provisional salida diplomática a la beligerancia occidental contra Siria.

Y en ese contexto se llegó al conflicto en Ucrania. Tras la desaparición de la URSS, tanto Rusia como Occidente han intervenido en la política ucraniana, violando descaradamente su soberanía para impulsar regímenes afines a sus intereses.

Pero mientras para Estados Unidos se trata de un ansia de dominación mundial, para Rusia es una cuestión de supervivencia: la entrada de Ucrania en la OTAN y su alineación con EE.UU. significa para Moscú la pérdida de uno de sus mayores socios y la amenaza de quedar completamente cercado por ejércitos hostiles.

Sin duda la crispación de sus relaciones con la Unión Europea y la nueva Guerra Fría que ya se está precipitando no son las opciones más deseables para Rusia, pero la anexión de la península de Crimea tiene un significado simbólico mucho más profundo que la conservación de su base naval en el Mar Negro: Putin le está diciendo a la OTAN “por cada acción habrá una reacción”.

Como dijo en su discurso durante el evento de la firma de la anexión de Crimea, “la política de contención de Rusia continúa. Constantemente están tratando de arrinconarnos por el hecho de que tenemos nuestra propia posición y no somos hipócritas. Pero todo tiene sus límites. Nuestros socios occidentales cruzaron la línea roja en el caso de Ucrania”.

Se acabaron los tiempos en que Estados Unidos podía hacer y deshacer sus obstáculos, pero aún no ha llegado el momento en que comience a asumir su papel como una potencia entre otras.

- Anuncio -spot_img

MÁS RECIENTE

NO DEJES DE LEER